¡Qué gastado camino éste que andamos!
¡Y qué absurda esta nada de los días
que consume mi piel
hambrienta de caricias,
sedienta de placeres imposibles!
Y me he sentado al borde de la noche
esperando que pasen los silencios,
camino del sepulcro
de las horas perdidas,
donde duermen los besos que no dimos,
y todos los deseos enterrados
que, por más que me empeñe,
ya no habrán de volver.
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